domingo, 4 de octubre de 2015

EL ACCIDENTE

      NUNCA HABÍA sentido algo así. Esa sensación de ahogo, de oscuridad. De no saber dónde estoy, ni quién soy. El tiempo pasa frente a mí como el correr del agua por el lecho de un río. Y no hago caso. Tanta gente que me sonríe y me ofrece cosas. Cosas que yo no necesito. O, ¿tal vez sí? ¡Qué importa!
Ahora estoy sentada, tras el cristal de algún lugar. Mirando las gotas de lluvia que se estrellan por todas partes, en la ciudad. Una ciudad desconocida para mí. Hace frío. Llevo una manta puesta sobre mis piernas. No entiendo por qué estoy sentada en una silla de ruedas. Veo el reflejo de mi cara por la ventana. No sonrío. Mis ojos están vacíos, al igual que mi mente. Quiero recordar pero no puedo.  Oigo unos sonidos. Son truenos que acompañan a la fina lluvia. Siento como desazón en mí estómago. Como si no hubiera un después. Tengo miedo y no sé por qué.
La gente que se mueve por la sala y sonríe, me miran de vez en cuando. No sé quiénes son. Yo les observo. Parecen agradables, buena gente. Algunos se acercan y me susurran cosas al oído que no consigo entender. Me pasan sus manos por la cabeza y se alejan. Uno de ellos está cerca de mí, sentado en un sofá. Tampoco sé quién es, también me sonríe. Dios, ¿por qué me siento así? ¿Por qué me encuentro tan sola a pesar de tener tantas personas a mí alrededor?
Me asfixio, siento que me ahogo. Esta situación oprime mi alma. Me doy cuenta de que no puedo hablar. No puedo mover mi boca. A penas puedo tragar saliva. Intento sonreír pero no sé cómo hacerlo.
Quizá haya sufrido un accidente. Sí, eso es. Ahora estoy padeciendo las secuelas. Por eso me cuesta tanto reconocer a todas estas personas. Por eso estoy en silla de ruedas. Ya lo entiendo. Pero no puedo recordar nada. Gracias a Dios estoy viva. Solo es cuestión de tiempo. Me recuperaré. Sí. Por eso están todos aquí. Han venido a verme. Familiares y amigos. ¡Claro!, los susurros a mí oído y sus manos acariciándome el cabello son en señal de cariño y de ánimos. Me dicen que me pondré bien, que tenga fuerzas para curar mis heridas. Dentro de poco podré volver a caminar. Lo haré por mí y por ellos.
El que está sentado en el sofá debe ser alguien muy especial, mi marido, tal vez. Me mira y me sonríe. Sus ojos de amor lo dicen todo. Me anima y me habla con su mirada. Debe estar diciéndome: ¡Te pondrás bien! ¡Sé fuerte! Todos estamos aquí para ayudarte.
¡Gracias, Dios mío! Gracias por dejarme estar con ellos. Por haberme salvado y seguir aquí, con todos ellos. El tiempo hará que los recuerde. Solo necesito tiempo. Eso es, solo tiempo.
—Hola, Tomás. ¿Qué tal?, ¿cómo estás? —dijo una de las personas que se encontraban en la sala, tendiéndole la mano. Tomás se levantó del sofá con algo de dificultad. Había estado allí sin despegarse de su esposa casi todo el día. Solo se levantaba para darle de comer y de beber.
—Bueno. Ahí vamos, que no es poco. —contestó Tomás intentando sonreír un poco. Su cara era fiel reflejo de la tristeza más absoluta.
—Y, ¿ella? ¿Cómo está ella? —preguntó a la vez que dirigía una mirada de consternación hacia Julia.
—Cada vez come menos. No puede tragar. Vamos a tener que intubarla. El Alzheimer ya está en su tercera fase. No reconoce a nadie, ni a los chicos ni a mí. Es como un vegetal.
—Vaya, ¡cuánto lo siento, hombre! De verdad. Si hay algo que pueda hacer...
—Lo sé, Ricardo. —dijo Tomás apretando sus labios. Sus ojos se llenaban de un agua cristalina que corrieron rápidamente por sus mejillas.

Ricardo le abrazó en un acto de bondad y sentimiento. Julia, los miró sin comprender nada.  Vivía en una ignorancia feliz, que le permitió dibujar una leve sonrisa en aquel rostro perdido y triste.

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